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CURIOSIDADES |
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Lola Mora
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Entre
su nacimiento en Tucumán y su muerte en Buenos Aires, vivó cada
día a su manera. Escultora discutida, atrevida, genial, con la
cuota de misterio necesaria, supo que el camino propio tiene más
riesgos pero es, también, mas generoso.
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- Lola
mora, en realidad Dolores Mora Vega, nació en Tucumán, el 17
de noviembre de 1866. Ahijada de Nicolás Avellaneda y
protegida de Julio Roca -con quien, dicen, mantuvo un largo
romance- hizo un estandarte de la rebeldía, tanto en su vida
como en su obra.
- Comenzó
a los 20 años realizando retratos, pero los mejores soportes
para su talento fueron el mármol y el granito. La Fuente
de las Nereidas, su obra cumbre, está emplazada en la
Costanera Sur. Murió el 7 de junio de 1936
- Lola
Mora trascendió, por un impulso de autenticidad total, todo
tipo de trabas. La versión más firme dice que su biografía,
entretejida por un misterio que ella misma sabía cultivar, se
inicia en Trancas, árido paisaje del norte de Tucumán. Hija
de chacareros prósperos, dicen sus estudiosos que heredó de
su padre, Romualdo Alejandro Mora, el empeño y la tozuddez.
Es que parte de la sociedad que le tocó enfrentar se había
apropiado de la verdad y buscó, de diversas maneras, doblegar
a Lola Mora.
- En
el colegio Sarmiento, en Tucumán, era una alumna distinguida.
comenzó allí a ganar confianza para lo que venía: muchas
veces la autoridad estableció arbitrariamente los límites a
la exposición pública de su labor de escultora. Lola Mora
sabía cosas que los demás no sabían: que no se puede ser
libre si antes no se tiene en sí mismo el concepto de
libertad.
- Ella
comenzó, al parecer, a tener sus primeras nociones de dibujo
alrededor de los veinte años, cuando era una huérfana con
avidez de mundo. Había encontrado un hilo conductor, esa
fuerza tan rotundamente ausente en nuestro mundo, y cuyo poder
de afirmación es ilimitado; a veces casi se confunde con lo
combativo. Ella sabía que progresar en sabiduría era
diferente de combatir. Su personalidad, manifiesta en su obra,
no dejaba lugar a la indiferencia, y nos habla de una mujer
que encarnaba la búsqueda incluyendo en ella la posibilidad
infinita del descubrimiento.
- Tenía
la fuerza de ser ella misma y no lo que la sociedad quería
que fuera, y sabía que los conceptos con los cuales nos
movemos en la vida raramente son los nuestros. En 1892 el
maestro Santiago Falcucci expuso trabajos de sus alumnas en la
Sociedad de Beneficencia de Tucumán. "Todos fueron
aceptados menos el trabajo de Lola Mora, que era el
mejor", se quejará más tarde. Desde sus inicios, ella
poseía en su trato de la materia la rara virtud de ofrecer a
lo denso la oportunidad de vivir en refinamiento, anunciando
lo sutil o lo sin nombre. Porque no había límites en su
horizonte y esa movilidad le permitía estructurar su
pensamiento de maneras diferentes, aquellas que su sana
rebeldía intuía. Por eso no perdió tiempo tratando de
derribar los muros que le oponía la sociedad de su tiempo.
Simplemente volaba sobre ellos. No necesitaba ninguna corteza
protectora porque su capacidad de vreas era la luz que borraba
el encierro de los esquemas.
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En plena tarea
de Las Nereidas
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- Su
debut consagratorio en Buenos Aires, en 1903, con La Fuente
de las Nereidas, tuvo un inicio dificil: la burocracia del
consejo Deliberante protestó por no haber aprobado aquella
obra, que no tuvo lugar fijo y fue abandonada primero y
montada después en el Paseo de Julio y peregrinó por la
ciudad hasta su definitivo emplazamiento, en la Costanera Sur.
A pesar de la provocación de los eternos traslados de sus
esculturas a lugares ignotos, decidido por las fuerzas ciegas
de la sociedad, ella no llevó nunca una coraza, simplemente
porque quizá sabía que el que la lleva ya imagina el arma, y
ella no tenía un arma en el mapa de se mente. Se sabe: en
cuanto de ablande un escudo se invita a un ataque.
- Tenía
el valor de su existencia y con eso bastaba. Y aunque los
demás quisieran verla como una solitaria caminando en la
cuerda floja, abría puertas con una determinación de
visionaria de su realización personal, sabiendo que renunciar
a ello sería anudarse en la madeja de los sometimientos. No
tenía poder, pero sí potencia. Y quizá sabía que lo que
era excepción en ella sería regla en el futuro.
- La
gracia presente en sus figuras demostraba que se fundía con
los obstáculos, no los combatía.
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- Inventaba
y experiementaba. No controlaba, porque sabía que controlar
es siempre la confesión iconsciente de un miedo. Tras su
muerte el 7 de junio de 1936, cercanas manos diligentes
armaron una fogata con cartas, recuerdos, diarios personales,
lo que de alguna manera cimentó aún más la leyenda. Se sabe
que se casó con Luis Hernandez Otero, 15 años menor que
ella, y que no le fue fácil soportar el naufragio de ese
matrimonio. Y se sabe que grandes figuras de la época,
Bartolomé Mitre o Julio Roca, para nombrar algunos,
respetaban el oficio de su arte.
- Es
que la revolución artística estaba en el punto de vista del
cual partía su mirada. La intrepidez y la audacia estaban en
su mirada, allí donde no la alcanzaba la hipnótica condena
de la sociedad acusadora. No sentía su efecto porque la
fuerza de su femineidad no se desestabilizaba. Practicaba la
heregía de ser ella misma.
- Al
final, tras una serie de negocios extravagantes -apoyó una
búsqueda petrolera en Salta- y con una pensión de 200 pesos
mensulaes, su vida era austera. Lola Mora se escabulló de esa
voluntad de nivelación que la persiguió en su momento
histórico. No pudieron retenerla en un lugar oscuro porque
sabía que no debemos arar un camino hacia la libertad sino,
simplemente, descubrir tierra bajo nuestros pies.
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Josefina Robirosa,
artista plástica. Miembro del directorio del Fondo Nacional de la
Artes.
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